Se le estaba haciendo tarde de tanto deambular. Se apresuró a realizar los últimos encargos y cargó su fardo completamente lleno a la espalda. Cualquiera hubiera dicho que la joven de pálida tez caería bajo él en cuestión de segundos. No sería así pues poseía una fuerza inusual. No es que fuera equiparabale a la fuerza de uno de aquellos a los que en la aldea llamaban "gigantes de la montaña", pero sí era superior en ocasiones a la de algunos varones de su aldea. La joven estaba dotada de un cuerpo atlético, no demasiado exagerado aunque sí era cierto que su espalda era relativamente más ancha que las de las demás jóvenes, sus caderas eran generosas y sus brazos y piernas fuertes, pero sin caer en la deformidad. Guardaba unas perfectas proporciones. Su carácter, igual que su físico: fuerte.
Por fin había acabado de comprar. Su padre se enfadaría, como siempre que iba a la aldea y llegaba a casa ya una vez anochecido. Pero es que no podía resistirse a ir a la armería. En aquella armería aún seguía como antaño el señor Philip encargándose de que todas las armas que salían de allí, como las cotas de malla y demás artilugios bélicos fueran elaborados con una perfección tal que rozaba la obsesión. Elan, su hijo, no podía soportar tanta meticulosidad, le ponía nervioso. Prefería alejarse del horno y el yunque para atender a los soldados y guerreros que, numerosos, se acercaban a hacer acopio de susodichos efectos. Elan no era buen armero, pero si que era buen orador, podía convencer a un experto granjero para que comprase una gallina vieja y desplumada por una buena suma de dinero, y el pobre hombre se iría pensando que había dado con la gallina de los huevos de oro.
Por fin había acabado de comprar. Su padre se enfadaría, como siempre que iba a la aldea y llegaba a casa ya una vez anochecido. Pero es que no podía resistirse a ir a la armería. En aquella armería aún seguía como antaño el señor Philip encargándose de que todas las armas que salían de allí, como las cotas de malla y demás artilugios bélicos fueran elaborados con una perfección tal que rozaba la obsesión. Elan, su hijo, no podía soportar tanta meticulosidad, le ponía nervioso. Prefería alejarse del horno y el yunque para atender a los soldados y guerreros que, numerosos, se acercaban a hacer acopio de susodichos efectos. Elan no era buen armero, pero si que era buen orador, podía convencer a un experto granjero para que comprase una gallina vieja y desplumada por una buena suma de dinero, y el pobre hombre se iría pensando que había dado con la gallina de los huevos de oro.

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