uix... creo que más que una foto ha quedado como un tapiz...

>_< nu he podido evitarlo...M encanta!!! ^o^

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Quéh ejto qué ej?????

Bueno, bueno... esta vez, como podréis ver, este blog va camino de convertirse en una de mis tantas realidades paralelas x3
Nada, una puerta a lo Doraemon, ( espero que con más estilo y no a lo cutre rosa ¬¬') hacia mundos... generalmente oscuros y surrealistas...con un "toquecillo pequeño" de sarcasmo elevado a la enésima poténcia xD wuaaaajajajajajajajaja

15/4/08

Bittersweet

Helga era rubia, larga melena rizada de bucles perfectos y brillantes. Los destellos de la luz conferían a su cabello un brillo tal que se asemejaba al oro acabado de fundir. Su rostro blanco parecía de porcelana, ligeramente sonrosado en las mejillas. Su cara redonda y su boca pequeña pero carnosa hacían que tuviera una expresión bondadosa permanente que contrastaban con sus rasgados y almendrados ojos verdes de un intenso esmeralda, que centelleantes eran capaz de mirar de forma penetrante y fría. Esbelta y ligera, delicada y etérea. Se movía como el aire que discurre entre la hojarasca, pasaba breve, liviana pero alterando las hojas en su tranquilo reposar, que revoloteaban alredeor dando vueltas para luego volver a caer en el suelo y regresar a su descanso en la tierra mullida de la que habían sido alzadas. Esa era la sensación que Helga causaba entre sus vecinos y amigos, breve pero intensa agitación. De pocas palabras, su voz fina y melodiosa hipnotizaba a hombres, mujeres y niños. Podía llegar a ser mordaz y cruel alguna de las pocas veces que abría la boca.

Elora no podía soportar a Helga. Así de simple. No es que le deseara ningún mal. Elora experimentaba una sensación de rechazo hacia ella, no sabía por qué, había intentado encontrarle explicación pero no había podido. Llegó a la conclusión de que se debía a lo que el sabio Balkar llamaba incompatiblidad de almas, para qué darle más vueltas. Al fin y al cabo ellas siempre habían mantenido una cortés relación desde que eran pequeñas a pesar de que Elora sentía por Helga una especie de necesidad de alejarse de ella, como cuando dos polos imantados se repelen. No la soportaba. Y desde que la habían prometido a Elan... bueno, aquello la superaba. Francamente, Elora hubiera deseado que aquél a quien consideraba un hermano hubiere encontrado una mujer mejor, no por casa, Helga era una de las mejores aposentadas en aquella aldea, ahora en expansión, hija de un comerciante de telas tenía a su alcance numerosas riquezas, no solamente por el dinero que su familia ganaba con el negocio. Contaban en el pueblo que su clan descendía de no sé qué otro y que les había sido legada una fortuna que la familia administraba cuidadosamente. Elora no lo creía. Elora pensaba que esa riqueza no podía venir así del cielo, que los aldeanos se habían caído de una higuera y que en realidad Helga y su familia eran personas cercanas al Rey, que no eran más que espías pagados por éste con el fin de tener una de las plazas potencialmente fuertes en los próximos años controlada. Puede que no andara desencaminada. Al fin y al cabo, la llegada de Helga a la aldea siempre estuvo rodeada de una aura de misterio.

Helga había cambiado a su "hermano". Lo había enfriado y privado de las intensas ganas de vivir que demostraba en cada una de las carreras que hacían por los verdes prados en su infancia y que hasta no hace mucho seguían haciendo por pura diversión. Cuando ambos corrían más que el resto de sus amigos y llegaban hasta el riachuelo que se encontraba al final del valle, exhaustos pero felices, las caras rojas, el corazón acelerado y la risas a pleno pulmón que inundaban el pequeño recodo del riachuelo en el que se quedaban a esperar a que sus compañeros de juego llegaran, desfallecidos y cansados de que siempre ganaran los mismos. Vitalidad que demostraba cada vez que Elora le pedía ir a cabalgar, o cuando se trataba de arreglar las viejas cabañas. Lleno de energía subía a los tejados, sin parar de tararear las canciones ancestrales que su madre le había enseñado y que le permitían tenerla en su recuerdo después de que hubiera fallecido cuando él contaba con doce años. Pero nunca perdía la sonrisa. Solía decir que la vida era un regalo y que cada vez que se respiraba había que apreciar todos los matices y ser capaz de percibir la esencia de las cosas. Elora había aprendido casi todo lo que sabía de él y, ahora, le contemplaba en la entrada de la armería atareado, serio y lánguido su rostro, sin la chispa de vida que brotaba de sus ojos azules cristalinos que habían pasado a un gris triste y apagado. Habían crecido juntos y ahora se le antojaba que tenía ante ella a un ser desconocido. Un espectro.

A Elora le dolía el alma a pesar de haber intentado con su pequeña broma arrancar un atisbo de felicidad, quizás complicidad, de su amigo para convencerse de que en realidad aquel estado ara pasajero, que volvería a ver al joven Elan de siempre, al inocente y puro Elan. No pudo. Maldita Helga, pensó, ella es la culpable, le ha apagado con sus ansias y sus caprichos, su mirada y su voz le han embrujado, no le deja respirar, se repetía.

Se le hizo un nudo en la garganta. Tenía que salir de allí. Si se quedaba un segundo más brotarían lágrimas de sus grandes ojos y eso no lo podía consentir. Nunca nadie había visto llorar a Elora, era demasiado orgullosa. Aunque en aquellos momentos pensó que quizás unas lágrimas despertarían a su amigo de su letargo. Pero fue un pensamiento fugaz. Se dio la vuelta, apoyó la mano en el picaporte de bronce con gesto abrumado, el picaporte cedió, la puerta se entornó levemente con un quedo ruido similar a un gemido de quejumbroso. Salió sin mirar atrás ni decir adiós.

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