uix... creo que más que una foto ha quedado como un tapiz...

>_< nu he podido evitarlo...M encanta!!! ^o^

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Quéh ejto qué ej?????

Bueno, bueno... esta vez, como podréis ver, este blog va camino de convertirse en una de mis tantas realidades paralelas x3
Nada, una puerta a lo Doraemon, ( espero que con más estilo y no a lo cutre rosa ¬¬') hacia mundos... generalmente oscuros y surrealistas...con un "toquecillo pequeño" de sarcasmo elevado a la enésima poténcia xD wuaaaajajajajajajajaja

15/4/08

Interludio II

-¡Armero! ¡Necesito un mandoble de acero forjado que sea bien resistente! Tenéis de plazo hasta mañana al amanecer para hacer ese arma, quiero la mejor que vuestras manos puedan crear o moriréis en el intento!!- gritó una voz forzadamente grave.
Elan, que estaba de espaldas, ordenando algunas de las dagas que se habían confeccionado durante la última semana, se quedó por unos momentos paralizado por el terror, un escalofrío le recorrió de arriba a abajo. Rígido como una vaina se dio la vuelta, presto a intentar, con su oratoria, persuadir a aquél individuo de que tal encargo era materialmente imposible bajo aquellas condiciones. De golpe unas carcajadas estrepitosas inundaron la estancia y con seguridad se podrían haber oído en toda la aldea. La pétrea cara del muchacho se tornó en la viva encarnación del dios de la guerra. Rojo de ira gritó:
Elora! ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gastes ese tipo de bromas?!
-Pequeño Elan...Pequeño Elan... No es para tanto hombre. No te enfades. Ya deberías saber que soy yo, siempre te gasto la misma broma y siempre picas. Pensaba que a estas alturas, ahora que ya te has prometido, habría cambiado tu talante ja ja ja-.

Elora reía, reía a pleno pulmón. Pero su risa no era del todo sincera, pura. La noticia de que su compañero de juegos iba a casarse no le había hecho ninguna gracia. Ya sabía Elora que Elan debía encargarse de la armería, que su padre había envejecido mucho últimamente y que tarde o temprano, más bien parecía temprano, iba a dejar este mundo para reunirse con los dioses en el paraíso. Por lo menos en el paraíso era lo que Elora pensaba que le estaba destinado a maese Phillip, hábil armero y fornido guerrero en sus tiempos mozos a pesar de que siempre fue hombre de paz. Elora, a quien le gustaba de fantasear, pensaba que un ser tan bondadoso y diestro merecía la compañía de los dioses, pues éstos necesitarían de sus habilidades conocidas en todo el reino.

Pero más allá de que maese Philip dejara este mundo y de que Elan debiera ocuparse de la armería, lo que le disgustaba era que se acabarían las salidas al bosque en busca de alguna presa que llevar a casa, pues Elan aunque no le gustaban la guerra ni las armas había nacido con el don de la puntería y el manejo del arco. Aquellas salidas le encantaban a Elora, ella, hábil rastreadora, se escabullía, rastreaba y hacía salir a conejos y aves de sus escondrijos para que Elan de un certero flechazo diera muerte a los animales que más tarde serían servidos en la mesas de las dos familias. Fueron día felices aquellos, pensana Elora ahora que veía a su amigo detrás del mostrador. Le miraba y apenas conseguía reconocer la expresión jovial con que solía recibirla y que parecía interrogarla como diciéndole "¿qué, cuántos cazamos hoy?" o bien "¿has descubierto uno de esos sitios secretos en los que dices que aparecen hadas?". Su semblante se había tornado serio, sobrio. Parecía estar decidido a ocupar el lugar de su padre y a hacerlo lo mejor posible e incluso superarlo, aunque sabía que eso era harto difícil. ¿Pero necesariamente debía casarse? Era demasiado joven. Pero eso solamente lo pensaba Elora.

Luego estaba ella, la otra, como solía llamar Elora a la prometida de Elan.

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