uix... creo que más que una foto ha quedado como un tapiz...

>_< nu he podido evitarlo...M encanta!!! ^o^

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Quéh ejto qué ej?????

Bueno, bueno... esta vez, como podréis ver, este blog va camino de convertirse en una de mis tantas realidades paralelas x3
Nada, una puerta a lo Doraemon, ( espero que con más estilo y no a lo cutre rosa ¬¬') hacia mundos... generalmente oscuros y surrealistas...con un "toquecillo pequeño" de sarcasmo elevado a la enésima poténcia xD wuaaaajajajajajajajaja

15/4/08

Penumbra y sueños II

Oscuridad. Frío húmedo y penetrante. Plop... ... ... Plop... ... ... Plop "No veo nada...¿Dónde estoy? Hace frío...". De pronto se vislumbró una tenue luz rojiza que parecía salir de lo que se suponía debía de ser el suelo de aquel vacío en el que se encontraba. Elora se dio cuenta de la cantidad de baho que salía de su boca al respirar y tomó conciencia de que realmente hacía mucho frío. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo. Se encogió y se rodeó con sus propios brazos sin dejar de observar aquel resplandor que poco a poco parecía brillar más. Plop...¿Qué era aquel sonido? Parecía agua al caer en un pozo. Pero no alcanzaba a ver más allá de sus propias manos y aquella luz que iba adquiriendo la forma de una llama. Estaba desorientada y empezó a sentirse somnolienta, aquejada de un frío penetrante, decidió sentarse. Fue entonces cuando la llama que tenía delante de ella y que había permanecido apenas inmutable se convirtió de pronto en una lengua de fuego con una violencia increíble. Elora no alcanzaba a razonar, no le apetecía. Miró embelesada esa mutación de la llama, su mirada se quedó fijada en ella. Soledad de repente. Vacío interior. Dolor en el pecho. Una punzada aguda e interminable se instaló en su pecho, oprimiéndole el corazón y cortando su respiración. Se quedó inmóvil. Pero el dolor no cesaba, y la sensación de soledad tampoco. "Socorro" pensó. Jadeaba, su respiración era arrítmica. Se ahogaba. "Socorro". Pero no se le nublaba la vista, no perdía el sentido. Y miró la llama con expresión suplicante, cuando de la misma surgió un hombre ataviado con ricos ropajes de cuero y piel negra. Blanca tez y moreno el cabello. Alto, fuerte pero estilizado. Altivo y orgulloso, se acercó con paso firme hacia Elora que no cesaba de jadear y que le miraba con expresión inquisitiva.

-Dime pequeña, ¿qué te ocurre?

Penumbra y sueños I

Maestro...
Aquella palabra solía producir en Balkar un extraño efecto. Una mueca de dolor y melancolía cruzaban su rostro en un instante para dejar paso a una expresión desdeñosa que se truncaba en desprecio y después solía acabar con un suspiro. Elora no sabía el por qué de esa reacción, pero recordaba que la primera vez que ocurrió, ya después de que Balkar dejara de darle "clases" junto a los otros niños de su edad, se estremeció e incluso pensó que Balkar iba a soltarle un manotazo. No tendría por qué pensar esa clase de cosas pues Blakar siempre había sido una persona comedida que no se alteraba por nada, excepto por aquello. Elora alcanzaba a intuir que quizás pudiera deberse a aquel pasado misterioso que al que nunca quería referirse. Pero en cierto modo, Elora creía que ella misma le recordaba algo de aquel pasado oscuro, quizás tenebroso, y que el hecho de que le llamara "maestro" convulsionaba sus recuerdos, que parecían agolparse en un mismo momento y provocarle aquella reacción expresiva y desesperante para Elora. ¡Pero cuánta curiosidad sentía ella! Nada, habría que esperar a que algún día el mago quisiera contarle o dejara entrever aquellos acontecimiento. No importaba, ella esperaría pues sabía que tarde o temprano Balkar debía bajar la guardia, o por lo menos esa era su esperanza quimérica.

-Elora, ya hemos hablado esto. Desearía que no volvieras a llamarme maestro. No tiene sentido, hace mucho que dejamos de ser profesor y alumno, y lo sabes.
-Pero... no veo porqué debería no decírtelo, has sido mi maestro durante años.
-Lo sé, pero ahora ya se acabó - Balkar hablaba pausadamente con un hilo de voz, su mirada perdida indicaba que no le apetecía seguir hablando del tema y que confiaba en que Elora no insistiera más.
-Está bien... Balkar, no volverá a repetirse. No obstante, te pido a cambio que no vuelvas a llamarme tú "pequeña", ¿estamos de acuerdo?.

Balkar asintió cansinamente. Ya era tarde. El sol se había escondido detrás de las montañas dejando detrás de si un halo rojizo que poco a poco iba siendo cubierto por el negro velo de la noche rauda y veloz trayendo consigo el helado viento de invierno. Aquel año no había nevado aún y a Elora se le hacía raro ver cómo se acercaba su cumpleaños sin copos de nieve que le rozaran la cara y el cabello después de salir a hacer los encargos diarios.

Puesto que Elora ya no podía volver a casa, Balkar dispuso que ocupara la habitación de huéspedes que estaba situada junto a la suya misma. Pequeña estancia, modesto catre con un mullido colchón de lana de esos en los que caías y parecía que te sumergieras en una nube tibia y acogedora dispuesta a acunarte. Elora se acomodó en la habitación observando todo cuanto había a su alrededor. Nada había cambiado: la pequeña mesita de noche seguía en su lugar y también seguía en su lugar una estantería que contenía, entre otros, varios tomos relativos a fauna y flora y un interesante bestiario de criaturas fabulosas. Después de despedirse de Balkar entornó la puerta y al cobijo de la luz de una pequeña vela que colocó cuidadosamente en la mesita se aproximó a la estantería, recorrió con el dedo los lomos de los libros y escogió un tomo que rezaba "Demonios y seres de la oscuridad". Tomo forrado en terciopelo azul y ribeteado en plata con caracteres extraños que Elora no alcanzaba a descifrar. Pero lo que realmente le fascinaban eran los grabados que el libro contenía: demonios de eso espeluznantes, trasgos y orcos, ogros...Pero los más fascinantes eran los que tenían aspecto humano. Esos eran los más peligrosos, pero también los más interesantes. Abrió el tomo: "Mephistófeles, cazador de almas, racionalista, culto, enreda a sus víctimas con lógica y pensamiento para apartarlas de la luz. Ricamente ataviado, se muestra descendiente de noble linaje. Cayó en la oscuridad al abandonar a los dioses y seguir un camino de desesperad lógica.". El grabado era maravilloso, mostraba a un hombre alto y esbelto pero fuerte, de rasgos pronunciados y de mirada penetrante. Un hombre seguro de sí mismo, pensaba Elora, altivo y orgulloso. El grabado parecía ejercer sobre ella una inexplicable atracción. Lo observó una vez más, sintió rabia contenida por todo lo que había sucedido durante el día, sintió desprecio por Helga y rencor por Elan. Apretó los labios en una mueca de desdén y por último suspiró abatida. El libro se quedó abierto boca bajo sobre su pecho mientras sus manos reposaban en él. Sus ojos se cerraron y rodó una pequeña lágrima por su mejilla. Se sumió en un profundo sueño.

Balkar

-Menudo aire se ha levantado. ¡Pero qué frío! Y esas nubes...mmm.... no presagian nada bueno-.
Elora se encaminaba, después de haber dejado la armería con sumo disgusto, a casa de Balkar, el sabio, como ella le llamaba. Atravesó la aldea por la plaza en dirección norte, a la parte alta. Tenía que ascender una pequeña pero empinada cuesta que estaba embarrada debido a las últimas lluvias, lo que conllevaba un considerable riesgo de resbalones, más si se iba cargado como un mulo tal y como iba ella. Pero sorteando toda suerte de charcos caprichosamente colocados y evitar caer al suelo en un par de ocasiones, Elora llegó a la cima de la cuesta y torció a la izquierda adentrándose en una pequeña callejuela estrecha y sin luz en la que parecían agolparse las casas como si no hubiera habido más espacio en toda la aldea para edificar. Al final, en el extremo de esa callejuela sin salida, una puerta de grandes goznes y madera maciza, con unos relieves misteriosos se alzaba majestuosa y a la vez surrealista en medio de aquél angosto lugar. No llamó a la puerta, Elora entró. Se sacudió el barro de sus botas de cuero negras y dejó el fardo que llevaba apoyado junto una silla de mimbre que había al lado de la puerta y que Elora siempre se había preguntado por qué allí una dichosa silla.
-¿Balkar?¿Balkar, estás en casa?.
Silencio.
-¿Balkar...?
-Hola Elora. Te estaba esperando.-retumbó en la sala una voz grave y profunda, de una forma susurrante y embriagadora.
-Claro que me estabas esperando Balkar ya te dije ayer que vendría a verte. No te hagas el interesante, que nos conocemos.
-Vaya, yo que pensaba hacer mi entrada triunfal en este salón en penumbra, cual mago majestuoso e imponente que soy. Sabio entre sabios, poderoso entre poderosos ja ja ja!
-Balkar, su suprema majestad de la sabiduría, si tan sumamente increíble soys, ¿podríais decirme que hacéis en una aldea dejada de la mano de los dioses?.

Se hizo el silencio, Balkar odiaba que Elora le preguntara eso cuando él intentaba pasarse de gracioso dándoselas de gran mago. No podía contestar a eso, no quería, era demasiado doloroso. Elora no lo hacía con maldad, pero para ella era inevitable, nunca había podido sonsacarle nada a Balkar sobre su pasado. Pasado que Elora no acertaba ni si quiera a urdir como hacía de costumbre con las personas, les creaba historias aunque no las conociera, pero con Balkar era distinto. Tan hermético y sombrío como amigable, un ser, sin duda, misterioso. Por otra parte a Elora le fascinaba Balkar, le conocía desde que había llegado a la aldea, el mismo día que lo hizo Helga, pero al anochecer. Se instaló en la parte alta de la aldea en un lugar bastante desagradable para ser habitado. El viento y la lluvia azotaban la casa con gran intensidad cuando había temporal, y la casa no era ni mucho menos un portento arquitectónico. Sus viejas bigas de maderas solían crujir con frecuencia y el techo se había abombado, lo único que parecía mantenerse en perfectas condiciones era la puerta, aquella puerta gruesa de madera que hacía unos instantes Elora había traspasado para adentrarse en una estancia amplia que hacía las veces de salón y cocina. Al fondo de la estancia había un enorme ventanal flanqueado por unas cortinas espesas y amarillentas. El salón a pesar de ser grande estaba atestado de muebles: una mesa rectangular enorme de madera, otra más pequeña sobre la que había un viejo candelabro, una butaca de terciopelo rojo bastante desgastado tan grande que podrían sentarse dos personas en ella y libros, sobretodo libros, viejos, gordos, delgados, algunos de vivos colores, otros sin apenas nada más que un título mal escrito. Pergaminos, papeles...Y velas, montones de velas que habían ido dejando un rastro de cera que indicaba el lugar dónde habían permanecido la noche anterior. La parte izquierda de la estancia era la que hacía las veces de cocina. Numeroso utensilios desperdigados por doquier, igual que la parte del salón. Elora echó un vistazo y al fondo a la derecha vio entreabierta la puerta del dormitorio de Balkar, la cama estaba deshecha y se adivinaban ropas extendidas por el suelo. Menudo desorden, ¿cómo podía un erudito de las ciencias mágicas ser tan desordenado? Ni Elora que no era ni mucho menos una virtuosa del orden habría imaginado encontrarse su propia casa así. Pero Balkar era así, un genio desordenado y caótico.
Y ahora este genio estaba delante de ella con una mueca contraída en su faz que denotaba desagrado frente a la pregunta que Elora le había formulado. Pero al cabo de unos segundos esa mueca se desvaneció dando paso a un rostro tranquilo, sereno y amable. Qué enigmático era Balkar, pensaba Elora, habría dado un mundo por saber lo que se había pasado por la mente a aquél hombre que no pasaría de la treintena. Sí, era joven, de hecho Elora siempre lo había recordado así. No había percibido ningún cambio en su ser o su cuerpo en los diecisiete años que llevaba viviendo allí. Otro misterio. Aunque a Elora eso no la importaba, había decidido que Blakar, al ser un nigromante, tendría alguna especie de pacto con algún ser maligno o ves a saber qué que le habría concedido el don de la eterna juventud. O tal vez se tratara de un descendiente de aquella civilización perdida que eran capaces de alcanzar unas vidas realmente longevas. No obstante a pesar de esa aparente juventud, en ocasiones Balkar pasaba temporadas en las que su estado de salud era realmente desastroso. No hacía mucho había pasado una larga temporada enfermo, temporada en la que no dejó que ni tan sólo Elora le visitara. Desde entonces parecía más débil.
-Necesitas una persona que te ayude a poner esto en orden Balkar. Parece una pocilga.
-Tu siempre tan sincera, querida.
-Ya lo sabes Balkar, no me gusta mentir. Esto está hecho un verdadero desastre, cualquiera que entre pensará que te estás convirtiendo en un viejo decrépito que no se ocupa de mantener decente ni su hogar ni su lugar de estudio. Un día te confundirás de conjuro y saldrá la casa por los aires- manifestó Elora elocuentemente, como si tuviera la total certeza de que ello iba a ocurrir.
-Tengo otras cosas más importantes que hacer. Por cierto, ¿de dónde vienes a estas horas? No pretenderás salir de camino a tu casa ahora que está anocheciendo, ¿verdad?.
Elora ya sabía que era tarde, pero el hecho de que se lo hubieran recordado le hacía caer en la cuenta de que su padre le echaría una buena reprimenda.
-No, ahora no puedo volver a casa. Aventurarse por el camino que lleva a la granja de mi padre fuera de la aldea no es muy recomendable. Me quedaré aquí si no os importa, maestro. Iba a quedarme en casa de Elan, pero...- su tono apesadumbrado pronunciando la última frase inundó la estancia que se hallaba casi en la más absoluta oscuridad. Parecían palabras pronunciadas por un fantasma, un fantasma que había cambiado al registro de tratamiento formal.

Maestro. Eso había llamado a Balkar. Había dado en el clavo.

Bittersweet

Helga era rubia, larga melena rizada de bucles perfectos y brillantes. Los destellos de la luz conferían a su cabello un brillo tal que se asemejaba al oro acabado de fundir. Su rostro blanco parecía de porcelana, ligeramente sonrosado en las mejillas. Su cara redonda y su boca pequeña pero carnosa hacían que tuviera una expresión bondadosa permanente que contrastaban con sus rasgados y almendrados ojos verdes de un intenso esmeralda, que centelleantes eran capaz de mirar de forma penetrante y fría. Esbelta y ligera, delicada y etérea. Se movía como el aire que discurre entre la hojarasca, pasaba breve, liviana pero alterando las hojas en su tranquilo reposar, que revoloteaban alredeor dando vueltas para luego volver a caer en el suelo y regresar a su descanso en la tierra mullida de la que habían sido alzadas. Esa era la sensación que Helga causaba entre sus vecinos y amigos, breve pero intensa agitación. De pocas palabras, su voz fina y melodiosa hipnotizaba a hombres, mujeres y niños. Podía llegar a ser mordaz y cruel alguna de las pocas veces que abría la boca.

Elora no podía soportar a Helga. Así de simple. No es que le deseara ningún mal. Elora experimentaba una sensación de rechazo hacia ella, no sabía por qué, había intentado encontrarle explicación pero no había podido. Llegó a la conclusión de que se debía a lo que el sabio Balkar llamaba incompatiblidad de almas, para qué darle más vueltas. Al fin y al cabo ellas siempre habían mantenido una cortés relación desde que eran pequeñas a pesar de que Elora sentía por Helga una especie de necesidad de alejarse de ella, como cuando dos polos imantados se repelen. No la soportaba. Y desde que la habían prometido a Elan... bueno, aquello la superaba. Francamente, Elora hubiera deseado que aquél a quien consideraba un hermano hubiere encontrado una mujer mejor, no por casa, Helga era una de las mejores aposentadas en aquella aldea, ahora en expansión, hija de un comerciante de telas tenía a su alcance numerosas riquezas, no solamente por el dinero que su familia ganaba con el negocio. Contaban en el pueblo que su clan descendía de no sé qué otro y que les había sido legada una fortuna que la familia administraba cuidadosamente. Elora no lo creía. Elora pensaba que esa riqueza no podía venir así del cielo, que los aldeanos se habían caído de una higuera y que en realidad Helga y su familia eran personas cercanas al Rey, que no eran más que espías pagados por éste con el fin de tener una de las plazas potencialmente fuertes en los próximos años controlada. Puede que no andara desencaminada. Al fin y al cabo, la llegada de Helga a la aldea siempre estuvo rodeada de una aura de misterio.

Helga había cambiado a su "hermano". Lo había enfriado y privado de las intensas ganas de vivir que demostraba en cada una de las carreras que hacían por los verdes prados en su infancia y que hasta no hace mucho seguían haciendo por pura diversión. Cuando ambos corrían más que el resto de sus amigos y llegaban hasta el riachuelo que se encontraba al final del valle, exhaustos pero felices, las caras rojas, el corazón acelerado y la risas a pleno pulmón que inundaban el pequeño recodo del riachuelo en el que se quedaban a esperar a que sus compañeros de juego llegaran, desfallecidos y cansados de que siempre ganaran los mismos. Vitalidad que demostraba cada vez que Elora le pedía ir a cabalgar, o cuando se trataba de arreglar las viejas cabañas. Lleno de energía subía a los tejados, sin parar de tararear las canciones ancestrales que su madre le había enseñado y que le permitían tenerla en su recuerdo después de que hubiera fallecido cuando él contaba con doce años. Pero nunca perdía la sonrisa. Solía decir que la vida era un regalo y que cada vez que se respiraba había que apreciar todos los matices y ser capaz de percibir la esencia de las cosas. Elora había aprendido casi todo lo que sabía de él y, ahora, le contemplaba en la entrada de la armería atareado, serio y lánguido su rostro, sin la chispa de vida que brotaba de sus ojos azules cristalinos que habían pasado a un gris triste y apagado. Habían crecido juntos y ahora se le antojaba que tenía ante ella a un ser desconocido. Un espectro.

A Elora le dolía el alma a pesar de haber intentado con su pequeña broma arrancar un atisbo de felicidad, quizás complicidad, de su amigo para convencerse de que en realidad aquel estado ara pasajero, que volvería a ver al joven Elan de siempre, al inocente y puro Elan. No pudo. Maldita Helga, pensó, ella es la culpable, le ha apagado con sus ansias y sus caprichos, su mirada y su voz le han embrujado, no le deja respirar, se repetía.

Se le hizo un nudo en la garganta. Tenía que salir de allí. Si se quedaba un segundo más brotarían lágrimas de sus grandes ojos y eso no lo podía consentir. Nunca nadie había visto llorar a Elora, era demasiado orgullosa. Aunque en aquellos momentos pensó que quizás unas lágrimas despertarían a su amigo de su letargo. Pero fue un pensamiento fugaz. Se dio la vuelta, apoyó la mano en el picaporte de bronce con gesto abrumado, el picaporte cedió, la puerta se entornó levemente con un quedo ruido similar a un gemido de quejumbroso. Salió sin mirar atrás ni decir adiós.

Interludio II

-¡Armero! ¡Necesito un mandoble de acero forjado que sea bien resistente! Tenéis de plazo hasta mañana al amanecer para hacer ese arma, quiero la mejor que vuestras manos puedan crear o moriréis en el intento!!- gritó una voz forzadamente grave.
Elan, que estaba de espaldas, ordenando algunas de las dagas que se habían confeccionado durante la última semana, se quedó por unos momentos paralizado por el terror, un escalofrío le recorrió de arriba a abajo. Rígido como una vaina se dio la vuelta, presto a intentar, con su oratoria, persuadir a aquél individuo de que tal encargo era materialmente imposible bajo aquellas condiciones. De golpe unas carcajadas estrepitosas inundaron la estancia y con seguridad se podrían haber oído en toda la aldea. La pétrea cara del muchacho se tornó en la viva encarnación del dios de la guerra. Rojo de ira gritó:
Elora! ¡¿Cuántas veces tengo que decirte que no me gastes ese tipo de bromas?!
-Pequeño Elan...Pequeño Elan... No es para tanto hombre. No te enfades. Ya deberías saber que soy yo, siempre te gasto la misma broma y siempre picas. Pensaba que a estas alturas, ahora que ya te has prometido, habría cambiado tu talante ja ja ja-.

Elora reía, reía a pleno pulmón. Pero su risa no era del todo sincera, pura. La noticia de que su compañero de juegos iba a casarse no le había hecho ninguna gracia. Ya sabía Elora que Elan debía encargarse de la armería, que su padre había envejecido mucho últimamente y que tarde o temprano, más bien parecía temprano, iba a dejar este mundo para reunirse con los dioses en el paraíso. Por lo menos en el paraíso era lo que Elora pensaba que le estaba destinado a maese Phillip, hábil armero y fornido guerrero en sus tiempos mozos a pesar de que siempre fue hombre de paz. Elora, a quien le gustaba de fantasear, pensaba que un ser tan bondadoso y diestro merecía la compañía de los dioses, pues éstos necesitarían de sus habilidades conocidas en todo el reino.

Pero más allá de que maese Philip dejara este mundo y de que Elan debiera ocuparse de la armería, lo que le disgustaba era que se acabarían las salidas al bosque en busca de alguna presa que llevar a casa, pues Elan aunque no le gustaban la guerra ni las armas había nacido con el don de la puntería y el manejo del arco. Aquellas salidas le encantaban a Elora, ella, hábil rastreadora, se escabullía, rastreaba y hacía salir a conejos y aves de sus escondrijos para que Elan de un certero flechazo diera muerte a los animales que más tarde serían servidos en la mesas de las dos familias. Fueron día felices aquellos, pensana Elora ahora que veía a su amigo detrás del mostrador. Le miraba y apenas conseguía reconocer la expresión jovial con que solía recibirla y que parecía interrogarla como diciéndole "¿qué, cuántos cazamos hoy?" o bien "¿has descubierto uno de esos sitios secretos en los que dices que aparecen hadas?". Su semblante se había tornado serio, sobrio. Parecía estar decidido a ocupar el lugar de su padre y a hacerlo lo mejor posible e incluso superarlo, aunque sabía que eso era harto difícil. ¿Pero necesariamente debía casarse? Era demasiado joven. Pero eso solamente lo pensaba Elora.

Luego estaba ella, la otra, como solía llamar Elora a la prometida de Elan.

Interludio

Se le estaba haciendo tarde de tanto deambular. Se apresuró a realizar los últimos encargos y cargó su fardo completamente lleno a la espalda. Cualquiera hubiera dicho que la joven de pálida tez caería bajo él en cuestión de segundos. No sería así pues poseía una fuerza inusual. No es que fuera equiparabale a la fuerza de uno de aquellos a los que en la aldea llamaban "gigantes de la montaña", pero sí era superior en ocasiones a la de algunos varones de su aldea. La joven estaba dotada de un cuerpo atlético, no demasiado exagerado aunque sí era cierto que su espalda era relativamente más ancha que las de las demás jóvenes, sus caderas eran generosas y sus brazos y piernas fuertes, pero sin caer en la deformidad. Guardaba unas perfectas proporciones. Su carácter, igual que su físico: fuerte.

Por fin había acabado de comprar. Su padre se enfadaría, como siempre que iba a la aldea y llegaba a casa ya una vez anochecido. Pero es que no podía resistirse a ir a la armería. En aquella armería aún seguía como antaño el señor Philip encargándose de que todas las armas que salían de allí, como las cotas de malla y demás artilugios bélicos fueran elaborados con una perfección tal que rozaba la obsesión. Elan, su hijo, no podía soportar tanta meticulosidad, le ponía nervioso. Prefería alejarse del horno y el yunque para atender a los soldados y guerreros que, numerosos, se acercaban a hacer acopio de susodichos efectos. Elan no era buen armero, pero si que era buen orador, podía convencer a un experto granjero para que comprase una gallina vieja y desplumada por una buena suma de dinero, y el pobre hombre se iría pensando que había dado con la gallina de los huevos de oro.