uix... creo que más que una foto ha quedado como un tapiz...

>_< nu he podido evitarlo...M encanta!!! ^o^

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Quéh ejto qué ej?????

Bueno, bueno... esta vez, como podréis ver, este blog va camino de convertirse en una de mis tantas realidades paralelas x3
Nada, una puerta a lo Doraemon, ( espero que con más estilo y no a lo cutre rosa ¬¬') hacia mundos... generalmente oscuros y surrealistas...con un "toquecillo pequeño" de sarcasmo elevado a la enésima poténcia xD wuaaaajajajajajajajaja

15/4/08

Balkar

-Menudo aire se ha levantado. ¡Pero qué frío! Y esas nubes...mmm.... no presagian nada bueno-.
Elora se encaminaba, después de haber dejado la armería con sumo disgusto, a casa de Balkar, el sabio, como ella le llamaba. Atravesó la aldea por la plaza en dirección norte, a la parte alta. Tenía que ascender una pequeña pero empinada cuesta que estaba embarrada debido a las últimas lluvias, lo que conllevaba un considerable riesgo de resbalones, más si se iba cargado como un mulo tal y como iba ella. Pero sorteando toda suerte de charcos caprichosamente colocados y evitar caer al suelo en un par de ocasiones, Elora llegó a la cima de la cuesta y torció a la izquierda adentrándose en una pequeña callejuela estrecha y sin luz en la que parecían agolparse las casas como si no hubiera habido más espacio en toda la aldea para edificar. Al final, en el extremo de esa callejuela sin salida, una puerta de grandes goznes y madera maciza, con unos relieves misteriosos se alzaba majestuosa y a la vez surrealista en medio de aquél angosto lugar. No llamó a la puerta, Elora entró. Se sacudió el barro de sus botas de cuero negras y dejó el fardo que llevaba apoyado junto una silla de mimbre que había al lado de la puerta y que Elora siempre se había preguntado por qué allí una dichosa silla.
-¿Balkar?¿Balkar, estás en casa?.
Silencio.
-¿Balkar...?
-Hola Elora. Te estaba esperando.-retumbó en la sala una voz grave y profunda, de una forma susurrante y embriagadora.
-Claro que me estabas esperando Balkar ya te dije ayer que vendría a verte. No te hagas el interesante, que nos conocemos.
-Vaya, yo que pensaba hacer mi entrada triunfal en este salón en penumbra, cual mago majestuoso e imponente que soy. Sabio entre sabios, poderoso entre poderosos ja ja ja!
-Balkar, su suprema majestad de la sabiduría, si tan sumamente increíble soys, ¿podríais decirme que hacéis en una aldea dejada de la mano de los dioses?.

Se hizo el silencio, Balkar odiaba que Elora le preguntara eso cuando él intentaba pasarse de gracioso dándoselas de gran mago. No podía contestar a eso, no quería, era demasiado doloroso. Elora no lo hacía con maldad, pero para ella era inevitable, nunca había podido sonsacarle nada a Balkar sobre su pasado. Pasado que Elora no acertaba ni si quiera a urdir como hacía de costumbre con las personas, les creaba historias aunque no las conociera, pero con Balkar era distinto. Tan hermético y sombrío como amigable, un ser, sin duda, misterioso. Por otra parte a Elora le fascinaba Balkar, le conocía desde que había llegado a la aldea, el mismo día que lo hizo Helga, pero al anochecer. Se instaló en la parte alta de la aldea en un lugar bastante desagradable para ser habitado. El viento y la lluvia azotaban la casa con gran intensidad cuando había temporal, y la casa no era ni mucho menos un portento arquitectónico. Sus viejas bigas de maderas solían crujir con frecuencia y el techo se había abombado, lo único que parecía mantenerse en perfectas condiciones era la puerta, aquella puerta gruesa de madera que hacía unos instantes Elora había traspasado para adentrarse en una estancia amplia que hacía las veces de salón y cocina. Al fondo de la estancia había un enorme ventanal flanqueado por unas cortinas espesas y amarillentas. El salón a pesar de ser grande estaba atestado de muebles: una mesa rectangular enorme de madera, otra más pequeña sobre la que había un viejo candelabro, una butaca de terciopelo rojo bastante desgastado tan grande que podrían sentarse dos personas en ella y libros, sobretodo libros, viejos, gordos, delgados, algunos de vivos colores, otros sin apenas nada más que un título mal escrito. Pergaminos, papeles...Y velas, montones de velas que habían ido dejando un rastro de cera que indicaba el lugar dónde habían permanecido la noche anterior. La parte izquierda de la estancia era la que hacía las veces de cocina. Numeroso utensilios desperdigados por doquier, igual que la parte del salón. Elora echó un vistazo y al fondo a la derecha vio entreabierta la puerta del dormitorio de Balkar, la cama estaba deshecha y se adivinaban ropas extendidas por el suelo. Menudo desorden, ¿cómo podía un erudito de las ciencias mágicas ser tan desordenado? Ni Elora que no era ni mucho menos una virtuosa del orden habría imaginado encontrarse su propia casa así. Pero Balkar era así, un genio desordenado y caótico.
Y ahora este genio estaba delante de ella con una mueca contraída en su faz que denotaba desagrado frente a la pregunta que Elora le había formulado. Pero al cabo de unos segundos esa mueca se desvaneció dando paso a un rostro tranquilo, sereno y amable. Qué enigmático era Balkar, pensaba Elora, habría dado un mundo por saber lo que se había pasado por la mente a aquél hombre que no pasaría de la treintena. Sí, era joven, de hecho Elora siempre lo había recordado así. No había percibido ningún cambio en su ser o su cuerpo en los diecisiete años que llevaba viviendo allí. Otro misterio. Aunque a Elora eso no la importaba, había decidido que Blakar, al ser un nigromante, tendría alguna especie de pacto con algún ser maligno o ves a saber qué que le habría concedido el don de la eterna juventud. O tal vez se tratara de un descendiente de aquella civilización perdida que eran capaces de alcanzar unas vidas realmente longevas. No obstante a pesar de esa aparente juventud, en ocasiones Balkar pasaba temporadas en las que su estado de salud era realmente desastroso. No hacía mucho había pasado una larga temporada enfermo, temporada en la que no dejó que ni tan sólo Elora le visitara. Desde entonces parecía más débil.
-Necesitas una persona que te ayude a poner esto en orden Balkar. Parece una pocilga.
-Tu siempre tan sincera, querida.
-Ya lo sabes Balkar, no me gusta mentir. Esto está hecho un verdadero desastre, cualquiera que entre pensará que te estás convirtiendo en un viejo decrépito que no se ocupa de mantener decente ni su hogar ni su lugar de estudio. Un día te confundirás de conjuro y saldrá la casa por los aires- manifestó Elora elocuentemente, como si tuviera la total certeza de que ello iba a ocurrir.
-Tengo otras cosas más importantes que hacer. Por cierto, ¿de dónde vienes a estas horas? No pretenderás salir de camino a tu casa ahora que está anocheciendo, ¿verdad?.
Elora ya sabía que era tarde, pero el hecho de que se lo hubieran recordado le hacía caer en la cuenta de que su padre le echaría una buena reprimenda.
-No, ahora no puedo volver a casa. Aventurarse por el camino que lleva a la granja de mi padre fuera de la aldea no es muy recomendable. Me quedaré aquí si no os importa, maestro. Iba a quedarme en casa de Elan, pero...- su tono apesadumbrado pronunciando la última frase inundó la estancia que se hallaba casi en la más absoluta oscuridad. Parecían palabras pronunciadas por un fantasma, un fantasma que había cambiado al registro de tratamiento formal.

Maestro. Eso había llamado a Balkar. Había dado en el clavo.

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