Maestro...
Aquella palabra solía producir en Balkar un extraño efecto. Una mueca de dolor y melancolía cruzaban su rostro en un instante para dejar paso a una expresión desdeñosa que se truncaba en desprecio y después solía acabar con un suspiro. Elora no sabía el por qué de esa reacción, pero recordaba que la primera vez que ocurrió, ya después de que Balkar dejara de darle "clases" junto a los otros niños de su edad, se estremeció e incluso pensó que Balkar iba a soltarle un manotazo. No tendría por qué pensar esa clase de cosas pues Blakar siempre había sido una persona comedida que no se alteraba por nada, excepto por aquello. Elora alcanzaba a intuir que quizás pudiera deberse a aquel pasado misterioso que al que nunca quería referirse. Pero en cierto modo, Elora creía que ella misma le recordaba algo de aquel pasado oscuro, quizás tenebroso, y que el hecho de que le llamara "maestro" convulsionaba sus recuerdos, que parecían agolparse en un mismo momento y provocarle aquella reacción expresiva y desesperante para Elora. ¡Pero cuánta curiosidad sentía ella! Nada, habría que esperar a que algún día el mago quisiera contarle o dejara entrever aquellos acontecimiento. No importaba, ella esperaría pues sabía que tarde o temprano Balkar debía bajar la guardia, o por lo menos esa era su esperanza quimérica.-Elora, ya hemos hablado esto. Desearía que no volvieras a llamarme maestro. No tiene sentido, hace mucho que dejamos de ser profesor y alumno, y lo sabes.
-Pero... no veo porqué debería no decírtelo, has sido mi maestro durante años.
-Lo sé, pero ahora ya se acabó - Balkar hablaba pausadamente con un hilo de voz, su mirada perdida indicaba que no le apetecía seguir hablando del tema y que confiaba en que Elora no insistiera más.
-Está bien... Balkar, no volverá a repetirse. No obstante, te pido a cambio que no vuelvas a llamarme tú "pequeña", ¿estamos de acuerdo?.
Balkar asintió cansinamente. Ya era tarde. El sol se había escondido detrás de las montañas dejando detrás de si un halo rojizo que poco a poco iba siendo cubierto por el negro velo de la noche rauda y veloz trayendo consigo el helado viento de invierno. Aquel año no había nevado aún y a Elora se le hacía raro ver cómo se acercaba su cumpleaños sin copos de nieve que le rozaran la cara y el cabello después de salir a hacer los encargos diarios.
Puesto que Elora ya no podía volver a casa, Balkar dispuso que ocupara la habitación de huéspedes que estaba situada junto a la suya misma. Pequeña estancia, modesto catre con un mullido colchón de lana de esos en los que caías y parecía que te sumergieras en una nube tibia y acogedora dispuesta a acunarte. Elora se acomodó en la habitación observando todo cuanto había a su alrededor. Nada había cambiado: la pequeña mesita de noche seguía en su lugar y también seguía en su lugar una estantería que contenía, entre otros, varios tomos relativos a fauna y flora y un interesante bestiario de criaturas fabulosas. Después de despedirse de Balkar entornó la puerta y al cobijo de la luz de una pequeña vela que colocó cuidadosamente en la mesita se aproximó a la estantería, recorrió con el dedo los lomos de los libros y escogió un tomo que rezaba "Demonios y seres de la oscuridad". Tomo forrado en terciopelo azul y ribeteado en plata con caracteres extraños que Elora no alcanzaba a descifrar. Pero lo que realmente le fascinaban eran los grabados que el libro contenía: demonios de eso espeluznantes, trasgos y orcos, ogros...Pero los más fascinantes eran los que tenían aspecto humano. Esos eran los más peligrosos, pero también los más interesantes. Abrió el tomo: "Mephistófeles, cazador de almas, racionalista, culto, enreda a sus víctimas con lógica y pensamiento para apartarlas de la luz. Ricamente ataviado, se muestra descendiente de noble linaje. Cayó en la oscuridad al abandonar a los dioses y seguir un camino de desesperad lógica.". El grabado era maravilloso, mostraba a un hombre alto y esbelto pero fuerte, de rasgos pronunciados y de mirada penetrante. Un hombre seguro de sí mismo, pensaba Elora, altivo y orgulloso. El grabado parecía ejercer sobre ella una inexplicable atracción. Lo observó una vez más, sintió rabia contenida por todo lo que había sucedido durante el día, sintió desprecio por Helga y rencor por Elan. Apretó los labios en una mueca de desdén y por último suspiró abatida. El libro se quedó abierto boca bajo sobre su pecho mientras sus manos reposaban en él. Sus ojos se cerraron y rodó una pequeña lágrima por su mejilla. Se sumió en un profundo sueño.

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