Había salido, el día no se presentaba espléndido para nada. Las nubes se perfilaban amenazadoras en el horizonte, de una negrura que encogían el corazón. A pesar de ello salió decidida, paso firme y seguro, los cincos sentido alerta, tensión constante. Era habitual en ella ese estado de ánimo, entre el optimismo relativo y la tensión de alguien que se sabe amenazado por un grave peligro. Pero no estaba amenazada, no. Ella se regocijaba en ese estado, se sentía viva, controlaba cada uno de sus movimientos al milímetro, y los de los demás. Especialmente observadora, caminaba escrutando cualquier ser o cosa que se interpusiera entre ella y su camino. La curiosidad la perdía, ese era uno de sus defectos, si puede llamarse así. Sus miradas eran capaces de atravesar la carne y llegar al alma, su imaginación le permitía crear infinidad de historias, cada persona o animal con que se cruzaba tendría la suya propia.
A pesar de las nubes estaba contenta. A diferencia del resto los días nublados no la entristecían, no es que la entusiasmaran, pero ella les encontraba ese encanto especial de las antiguas leyendas que le contaba su abuela. Aquellas que hablaban de bosques y de hadas que hacían sucumbir a los más nobles caballeros y los ataban en las profundidades de las cavernas, o los hacían dormir por cien años. Era un día de esos en los que le hubiera gustado perderse en el bosque. Ese bosque espeso, en ocasiones incluso tenebroso, que le daba voces, que llamaba incesante, sabedor de los juegos y travesuras de infancia. Un bosque que conocía secretos inconfesables.
Pero tenía que pasar de largo y atravesar la empalizada de la aldea. Era día de mercado y se le había encargado que acudiera presurosa a por víveres. Diligentemente entró y se sumergió en el bullicio de la multitud que abarrotaba el pequeño recinto destinado a mercado ambulante. Al igual que el resto de aldeas o pueblos de la zona tenía un emplazamiento bastante pequeño y muy poco desahogado para tanto mercader ávido de negocios. Se decía que ya horas antes del alba los comerciantes pugnaban por una porción de suelo, incluso los más aventajados económicamente se permitían hacer alguna especie de puja por quedarse con el puesto. Ella nunca llegó a entender aquel mecanismo. A decir verdad no le interesaba. Sólo pensaba en hacer los recados y dirigirse a sus dos lugares preferidos: la casa del sabio y la armería.
A pesar de las nubes estaba contenta. A diferencia del resto los días nublados no la entristecían, no es que la entusiasmaran, pero ella les encontraba ese encanto especial de las antiguas leyendas que le contaba su abuela. Aquellas que hablaban de bosques y de hadas que hacían sucumbir a los más nobles caballeros y los ataban en las profundidades de las cavernas, o los hacían dormir por cien años. Era un día de esos en los que le hubiera gustado perderse en el bosque. Ese bosque espeso, en ocasiones incluso tenebroso, que le daba voces, que llamaba incesante, sabedor de los juegos y travesuras de infancia. Un bosque que conocía secretos inconfesables.
Pero tenía que pasar de largo y atravesar la empalizada de la aldea. Era día de mercado y se le había encargado que acudiera presurosa a por víveres. Diligentemente entró y se sumergió en el bullicio de la multitud que abarrotaba el pequeño recinto destinado a mercado ambulante. Al igual que el resto de aldeas o pueblos de la zona tenía un emplazamiento bastante pequeño y muy poco desahogado para tanto mercader ávido de negocios. Se decía que ya horas antes del alba los comerciantes pugnaban por una porción de suelo, incluso los más aventajados económicamente se permitían hacer alguna especie de puja por quedarse con el puesto. Ella nunca llegó a entender aquel mecanismo. A decir verdad no le interesaba. Sólo pensaba en hacer los recados y dirigirse a sus dos lugares preferidos: la casa del sabio y la armería.

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