Ya había amanecido. Me desperté enredada en las finas sábanas de lino que me había prestado mi antiguo maestro. La manta de lana había caído al suelo hecha un ovillo, justo al lado de una de las sillas talladas de Balkar. Me pregunté que haría una de sus sillas de estudio, como él las llamaba, al lado de mi cama, al acostarme no recuerdo que estuviera allí.
Me incorporé por fin, sentada en el camastro llené mis pulmones de aire fuertemente y me desperecé estirando cada uno de mis músculos hasta tomar consciencia de ellos. Noté que estaba un poco agarrotada, seguramente haría falta que hiciera algo más de ejercicio, pero a saber cuándo. En casa era tan necesaria mi presencia constante para las tareas domésticas y ayudar a mi padre en la pequeña grangita de caballos y el huerto que poseíamos que no tenía tiempo para mí. Se notaba que mi hermano ya no vivía con nosotros.
Echaba de menos las clases en la Casa Mayor a cargo de Balkar ya que me recordaban tiempos mejores. Tiempos felices fueron. A pesar de todo, tampoco fue fácil ser la única fémina del aulario. Mi maestro no mostraba ninguna clase de deferencia por ello. Era tratada como cualquiera de los que había en clase y me gustaba. Solíamos alternar las lecciones de cultura general con las de magia y artes místicas e incluso alguna vez nos enseñaba el manejo de las armas y a cultivar nuestras destrezas físicas, aunque estas dos últimas cosas no le agradaban mucho al maestro Balkar que prefería adentrarse en las ciencias ocultas. Aún permanecía sentada en la cama mirando cómo las nubes pasaban volando hacia el oeste con singular velocidad. Salí de la cama y me calcé las botas de cuero negro que tanto me gustaba ponerme. Me atusé un poco el cabello y me dispuse a ir a la estancia principal.
Balkar no parecía estar por ninguna parte. Escudriñé el lugar en busca de alguna señal, quizás alguna nota pillada con un libro o debajo de alguna taza humeante...Nada. Bueno, no podía esperar que me dejara ningún aviso, al fin y al cabo yo había "invadido" su casa la noche anterior (valga decir que por pura negligencia y egoísmo mío). No obstante, me sorprendí a mí misma vagando por la casa, dando vueltas pero sin acercarme a la puerta para salir y caí en la cuenta de que si no partía pronto llegaría a casa bien entrada la mañana y entonces tendría serios problemas. Cogí las bolsas con las que había llegado cargada la noche anterior, abrí lentamente la puerta de madera y dejé que la luz del sol penetrara en la estancia aportando un nuevo matiz de color blanquecino y dorardo, cálido, que daba a la casa un aire más hogareño. La última mirada hacia atrás. Salí.
No sabría decir muy bien por qué no tenía la menor prisa, por qué quería retrasarme o sentirme retenida en la aldea evitando constantemente el momento de volver a mi casa. Supongo que sería simple nostalgia, aunque en realidad tenía la sensación, más bien la necesidad, de quedarme y observar. La necesidad de llevarme conmigo cada esencia, cada olor, cada imagen de aquel lugar. Una necesidad tan imperiosa de atesorar par mí tantas sensaciones e imágenes que daba la impresión de como si no pudiera volver a pisar sus calles.
Des de que mi familia se mudó a la granja, pues no lo habíamos tenido siempre, mi padre desempeñaba su oficio de albañil en la aldea y mi madre realizaba labores de tejedora, sólo habían pasado dos años. Poco tiempo para el común de los mortales, como me gustaba decir, pero una eternidad para mí.
Mi hermano mayor había decidido alistarse en el ejército del Rey Mentacor con el propósito, que a mí me parecía demasiado futil, de lograrse una buena carrera militar y ascender a general. Francamente, desconocíamos con certeza cómo se iba desenvolviendo en esa tarea y si había conseguido algún mérito militar. Oportunidades seguro no le faltarían en estos tiempos tan revueltos en los que el Rey había sumido al país en continuas escaramuzas cada vez que se le ocurría la genial idea de que algún pueblo, región o señor feudal pudiera estar armándose contra él.
Fue a raíz de esto que mis padre decidieron finalmente considerar que después de la marcha de mi hermano ya nada les retenía en la aldea y que era el momento de abandonarla para instalarse en una granja y dedicarse al lo que siempre les había gustado: la cría de equinos. Eso lo habían decidido ellos solitos sin contar conmigo, o más bien, presumiendo mi tácito consentimiento sacado de no sé que manera a partir del simple razonamiento de que a mí también me gustaban los caballos. Sí, muy sutil. Pero como del dicho al hecho va un trecho, conseguí posponer la mudanza hasta que hube acabado mis estudios elementales en la Casa Mayor. Y digo posponer porqué fui yo quién se negaba bajo ningún concepto a abandonar las lecciones que se impartían a medias entre los funcionarios del reino y el maestro Balkar. Era una privilegiada al recibirlas, lo sabía, lo valoraba y, por supuesto, el hecho de ser la mejor alumna de la clase me confería una especie de coartada para poder pedir al maestro que intercediera por mí y rogar a mis padres que me dejaran acabar los estudios elementales (ya que era evidente que no iba a poder acceder a nada superior con aquella perspectiva, me daba rabia). Luego estaba la extraña amistad que unía a mi padre con el maestro y de la que poco o nada ha llegado a mis oídos pero que por supuesto invoqué para hacer más convincente mi voluntad.
Maestro solía llamarle y ahora se había convertido simplemente en Balkar, lo que me resultaba desconcertante después de casi diez años llamándole maestro. Además, para mí representaba un verdadero mentor, no ya por haber asistido a sus lecciones formalmente sino porqué era una persona con la que aprendí más de lo que jamás hubiera soñado sobre la vida. Por otra parte era un ser humano que causaba un extraño efecto sobre mí. Yo siempre tempestuosa, imprevisible y cambiante como el viento, encontraba una extraña paz e iluminación cuando él se hallaba cerca de mí. Conseguía controlar mis emociones con una sola mirada apaciguando mis frecuentes accesos de cólera cuando algo no me salía bien o simplemente equilibrando mis latigazos emocionales. Me ponía furiosa cuando pensaba en ello al cabo de un rato, pero no le daba muchas vueltas. Al fin y al cabo, había sido mi maestro desde niña, supongo que me conocía lo suficientemente bien. Luego estaban, claro, sus conocimientos arcanos.
*****
Continuar la historia se me está haciendo una tarea tediosa... me quedo sin inspiración U_U
A todo esto... bueno, este post es una muestra de que aunque lo parezca, el blog no está abandonado, sólo en estado latente.
Me incorporé por fin, sentada en el camastro llené mis pulmones de aire fuertemente y me desperecé estirando cada uno de mis músculos hasta tomar consciencia de ellos. Noté que estaba un poco agarrotada, seguramente haría falta que hiciera algo más de ejercicio, pero a saber cuándo. En casa era tan necesaria mi presencia constante para las tareas domésticas y ayudar a mi padre en la pequeña grangita de caballos y el huerto que poseíamos que no tenía tiempo para mí. Se notaba que mi hermano ya no vivía con nosotros.
Echaba de menos las clases en la Casa Mayor a cargo de Balkar ya que me recordaban tiempos mejores. Tiempos felices fueron. A pesar de todo, tampoco fue fácil ser la única fémina del aulario. Mi maestro no mostraba ninguna clase de deferencia por ello. Era tratada como cualquiera de los que había en clase y me gustaba. Solíamos alternar las lecciones de cultura general con las de magia y artes místicas e incluso alguna vez nos enseñaba el manejo de las armas y a cultivar nuestras destrezas físicas, aunque estas dos últimas cosas no le agradaban mucho al maestro Balkar que prefería adentrarse en las ciencias ocultas. Aún permanecía sentada en la cama mirando cómo las nubes pasaban volando hacia el oeste con singular velocidad. Salí de la cama y me calcé las botas de cuero negro que tanto me gustaba ponerme. Me atusé un poco el cabello y me dispuse a ir a la estancia principal.
Balkar no parecía estar por ninguna parte. Escudriñé el lugar en busca de alguna señal, quizás alguna nota pillada con un libro o debajo de alguna taza humeante...Nada. Bueno, no podía esperar que me dejara ningún aviso, al fin y al cabo yo había "invadido" su casa la noche anterior (valga decir que por pura negligencia y egoísmo mío). No obstante, me sorprendí a mí misma vagando por la casa, dando vueltas pero sin acercarme a la puerta para salir y caí en la cuenta de que si no partía pronto llegaría a casa bien entrada la mañana y entonces tendría serios problemas. Cogí las bolsas con las que había llegado cargada la noche anterior, abrí lentamente la puerta de madera y dejé que la luz del sol penetrara en la estancia aportando un nuevo matiz de color blanquecino y dorardo, cálido, que daba a la casa un aire más hogareño. La última mirada hacia atrás. Salí.
No sabría decir muy bien por qué no tenía la menor prisa, por qué quería retrasarme o sentirme retenida en la aldea evitando constantemente el momento de volver a mi casa. Supongo que sería simple nostalgia, aunque en realidad tenía la sensación, más bien la necesidad, de quedarme y observar. La necesidad de llevarme conmigo cada esencia, cada olor, cada imagen de aquel lugar. Una necesidad tan imperiosa de atesorar par mí tantas sensaciones e imágenes que daba la impresión de como si no pudiera volver a pisar sus calles.
Des de que mi familia se mudó a la granja, pues no lo habíamos tenido siempre, mi padre desempeñaba su oficio de albañil en la aldea y mi madre realizaba labores de tejedora, sólo habían pasado dos años. Poco tiempo para el común de los mortales, como me gustaba decir, pero una eternidad para mí.
Mi hermano mayor había decidido alistarse en el ejército del Rey Mentacor con el propósito, que a mí me parecía demasiado futil, de lograrse una buena carrera militar y ascender a general. Francamente, desconocíamos con certeza cómo se iba desenvolviendo en esa tarea y si había conseguido algún mérito militar. Oportunidades seguro no le faltarían en estos tiempos tan revueltos en los que el Rey había sumido al país en continuas escaramuzas cada vez que se le ocurría la genial idea de que algún pueblo, región o señor feudal pudiera estar armándose contra él.
Fue a raíz de esto que mis padre decidieron finalmente considerar que después de la marcha de mi hermano ya nada les retenía en la aldea y que era el momento de abandonarla para instalarse en una granja y dedicarse al lo que siempre les había gustado: la cría de equinos. Eso lo habían decidido ellos solitos sin contar conmigo, o más bien, presumiendo mi tácito consentimiento sacado de no sé que manera a partir del simple razonamiento de que a mí también me gustaban los caballos. Sí, muy sutil. Pero como del dicho al hecho va un trecho, conseguí posponer la mudanza hasta que hube acabado mis estudios elementales en la Casa Mayor. Y digo posponer porqué fui yo quién se negaba bajo ningún concepto a abandonar las lecciones que se impartían a medias entre los funcionarios del reino y el maestro Balkar. Era una privilegiada al recibirlas, lo sabía, lo valoraba y, por supuesto, el hecho de ser la mejor alumna de la clase me confería una especie de coartada para poder pedir al maestro que intercediera por mí y rogar a mis padres que me dejaran acabar los estudios elementales (ya que era evidente que no iba a poder acceder a nada superior con aquella perspectiva, me daba rabia). Luego estaba la extraña amistad que unía a mi padre con el maestro y de la que poco o nada ha llegado a mis oídos pero que por supuesto invoqué para hacer más convincente mi voluntad.
Maestro solía llamarle y ahora se había convertido simplemente en Balkar, lo que me resultaba desconcertante después de casi diez años llamándole maestro. Además, para mí representaba un verdadero mentor, no ya por haber asistido a sus lecciones formalmente sino porqué era una persona con la que aprendí más de lo que jamás hubiera soñado sobre la vida. Por otra parte era un ser humano que causaba un extraño efecto sobre mí. Yo siempre tempestuosa, imprevisible y cambiante como el viento, encontraba una extraña paz e iluminación cuando él se hallaba cerca de mí. Conseguía controlar mis emociones con una sola mirada apaciguando mis frecuentes accesos de cólera cuando algo no me salía bien o simplemente equilibrando mis latigazos emocionales. Me ponía furiosa cuando pensaba en ello al cabo de un rato, pero no le daba muchas vueltas. Al fin y al cabo, había sido mi maestro desde niña, supongo que me conocía lo suficientemente bien. Luego estaban, claro, sus conocimientos arcanos.
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Continuar la historia se me está haciendo una tarea tediosa... me quedo sin inspiración U_U
A todo esto... bueno, este post es una muestra de que aunque lo parezca, el blog no está abandonado, sólo en estado latente.
